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Todo comienza con una niña temerosa, triste y tímida quien no se sentía bien con quien era. En mi casa era una pelea diaria con mis papás por mi forma de vestir, mi actuar y por ser tan diferente a mi hermana melliza la que yo entre risas le digo “la reina del glamour”. Entre pelea y pelea me dediqué a estudiar solo, a encontrarme solo y entender qué era lo que yo sentía...inconformidad con mi cuerpo.

La pre-adolescencia y adolescencia, la época donde cada ser humano se descubre, fue muy difícil para mí. Comienzan las fiestas de 15, los vestidos, el maquillaje, conocer niños y comenzar a ser toda una mujer. No puedo negar que, a pesar de todo, siempre le metía una vibra positiva a la situación y de alguna forma trataba de disfrutar cada escenario donde me tocaba tomar aire y disfrazarme de una persona que no era.

Creo que fui a todas las fiestas de 15 con los mismos tacones y repetí vestido millones de veces. Mientras mis amigas planeaban el vestido casi que un mes antes de la fiesta, yo incluso el mismo día, no tenía ni idea que iba a ponerme. En la noche, a la hora de arreglarnos, era donde se desataban las guerras más terribles… la hora del maquillaje. Me acuerdo verme sentado al lado del baño de mis papás esperando a que maquillaran a mi hermana para luego seguir yo. Mientras mi hermana lo disfrutaba, se reía y se emocionaba, yo lloraba, gritaba, y peleaba con mi mamá. Como dije, fueron tiempos difíciles. Mi autoestima se mantenía en el centro de la tierra escondida, era una persona tímida, ansiosa, y aunque no lo aparentaba, completamente infeliz.

¡Yo no quería!

Llega el día que todas las niñas esperan con ansias para al fin entrar al maravilloso mundo de ser mujer, el primer periodo. Para mí, de los peores días de mi existencia. Recuerdo que entré al baño y me sorprendí de ver lo que vi, fue atemorizante, me causó tristeza y rabia, yo no quería ser mujer. Sentí completo rechazo por mi cuerpo y por lo que iba a convertirse luego de esa primera menstruación. Salí del baño a contarle a mi mamá, ella emocionada me abraza y me dice “hija, bienvenida al mundo de ser mujer” en ese momento me desplomé. Mis tías, mi abuela, mi papá, mi hermana y miles de personas más me abrazaban y felicitaban yo solo recuerdo darme puños en mi estómago y rezar para que no fuera real lo que estaba pasando.

Meses antes de cumplir 16 años, decidí tomar las riendas de mi vida y buscar mi propia felicidad. Comencé a informarme, a investigar y a entender qué era lo que yo sentía. Yo en mi mente era una mujer lesbiana y bastante masculina, pero no estaba conforme con eso. Yo no estaba conforme con mis pronombres, yo no estaba conforme con mi cuerpo, yo me sentía un hombre y dada a la desinformación, yo pensaba que era la única persona en el planeta que se sentía así.

Aceptarme como hombre transgénero

Después de investigar por fin entendí que yo era un hombre transgénero (persona en este caso mujer quien no se identifica con el sexo asignado al nacer) y que la inconformidad que sentía con mi cuerpo era algo llamado disforia de género y era completamente normal, no era algo antinatural ni mucho menos una enfermedad. Me sentía empoderado, listo e informado para hablar con mis papás.

Luego de tantos intentos fallidos de acercarme a ellos y sentir que ya no podía más con mi vida, decidí hacer mi última jugada, les escribí en una carta donde les contaba todo, el cómo me sentía, él que era ser una persona trans y lo que implicaba. Les dije que el ser así no era culpa de nadie, ni de ellos, ni mía, ni tampoco era un castigo de Dios. Tengo una familia creyente y les expliqué que Dios les ponía sus batallas más difíciles a sus soldados más fuertes y que yo era uno de ellos.

Mis papás por fin me aceptaron, me abrazaron y se disculparon por tantos años en los que me dejaron solo, me despreciaron y no me brindaron apoyo por el temor que sentían de tener un hijo diverso en su hogar. Desde el amor todo se logra, comenzamos a trabajar juntos, a informarnos más, a buscar ayuda profesional y afrontar la despedida de dejar ir a una hija y darle la bienvenida a un hijo. Nació Emilio, nací yo. Ahora soy un hombre feliz, llegué a la plenitud que tanto añoraba, comencé a amarme, a valorarme, a entenderme, a respetarme, encontré la paz que necesitaba, me encontré.

Siento que mi misión en el mundo, la cual siempre me cuestioné, es ayudar a personas que están pasando por una situación parecida a la mía y a sus familias a informarse y guiarse para evitar que por la desinformación e ignorancia sucedan acontecimientos trágicos. Definitivamente me siento orgulloso de ser un hombre transgénero, de contar mi historia y demostrar que lo que la diversidad hace es que este mundo sea hermoso, que ser diferente es válido y que, desde el amor todo, absolutamente todo es posible.

Es hora de, con nuestras acciones, seguir llenando el mundo de muchísimo Loving y el primer paso para lograrlo, es aceptándonos y amándonos a nosotros mismos, sintiéndonos orgullosos de lo que somos como personas y todo lo que podemos lograr.

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