No me define

Reconciliándome con lo que me define… ¿O no?

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Ya sabemos que la lista de cosas que “NO nos definen” es larga:

  • No nos define nuestro pasado,

  • No nos define lo que los demás piensen de nosotros,

  • No nos define la talla de nuestra ropa, que nos guste el reguetón, el largo de nuestras uñas, la música que bailemos, el colegio al que hayamos ido, la ciudad en la que nacimos, la forma de nuestro pelo, el color de nuestra piel, las personas de las que nos enamoremos,  ni las fotos que publiquemos.

-¿Por qué?

-Porque somos más que eso. Y porque tal vez lo único que debería definirnos es que todos somos seres-humanos (con lo mucho que eso implica).

-…Pero, (no me odien por preguntar esto y porfi quédense hasta el final porque lo que voy a decir puede sonar controversial) ¿por-qué-definirnos-tiene-que-estar-mal?

Esta idea se me metió en la cabeza después de una escena de “The Bold Type”; en la que uno de los personajes principales nos invita sentirnos orgullosos de nuestras etiquetas pues son precisamente ellas las que enmarcan nuestras batallas y nos hacen libres (que en el caso de este personaje, por ejemplo, su propósito en la vida ha sido definirse como “lesbiana” y “musulmana” – dos etiquetas- ).

Todo esto me llevó a investigar, en general, ¿qué es lo que sabemos de las etiquetas quitándoles la carga emocional?

  1. Que sirven para clasificar, categorizar o diferenciar una cosa de otra (ejemplo, si un producto está próximo a vencerse, si es bajo en azúcar, etc).

  2. Que sirven para dar información (si un producto es elaborado a través de procesos orgánicos, si es libre de parabenos, si es cruelty free, etc.).

  3. Que “etiqueta” es esa clase de “buenos modales” mandada a recoger y por último, que es el nombre que le damos a la acción de mencionar a alguien en redes sociales.

Entonces, si originalmente las etiquetas están pensadas para diferenciar o clasificar, y nosotros celebramos tanto las diferencias… ¿por qué les hemos dado una connotación negativa?

Tal vez el problema no está en ellas, sino en el uso “calificativo” que les damos, porque una cosa es identificar algo y otra, es juzgarlo por eso que la identifica.

Imagínense un mundo, donde por ejemplo, no existieran las tallas para los zapatos. Llegaríamos a los almacenes y nos encontraríamos con un montón de tenis, botines, botas, tacones, etc y tendríamos que buscar entre todos ellos cuál es el que se ajusta al tamaño de nuestro pie, porque como en ese mundo imaginario no existen las tallas, no tendríamos una medida universal para ahorrarnos el hecho de tener que probarlos todos para saber en cuál encajamos.

¿Acaso la belleza de los zapatos está en que sean 35 o 37? ¿Quién conjugó la belleza con el tamaño?

Eso no cambia nada, ¿verdad? Pasa igual con los seres humanos, los cuerpos vienen de diferentes formas, colores y tamaños, pero al fin y al cabo… todos almacenan lo mismo: almas. Sentimientos. Miedos. Valores. Luchas. Emociones. Procesos.

Así que el verdadero riesgo está en intentar encajar en unos zapatos que no sean de tu talla y ahí es donde viene la aceptación. Si eres 37 y te empeñas en unos 35, te van a apretar; si eres 37 y te llevas unos 39, se te va a hacer imposible caminar.

Por eso, realmente el dilema no está en la talla (metafóricamente hablando), sino en que te sientas cómodo con ella. A menos de que seas mujer, calces más de 40 y solo encuentres fácilmente hasta la talla 39… porque ahí es donde entramos en conflicto con las etiquetas, cuando no encontramos una que nos representa.

Por supuesto que va más allá de un número, se trata de la comodidad con la que ese número nos permite andar por el mundo. A lo mejor, como dijo Adena, el personaje del que les conté en The Bold Type, esas etiquetas de color, inclinación o nación, nos ayudan a entender quiénes somos y cuáles son nuestros propósitos.

Porque no somos nuestras heridas (en este caso nuestras etiquetas), pero éstas sí nos ayudan a recordar de qué estamos hechos y de qué somos capaz. Por supuesto que no son lo único que te define, pero probablemente sí marcan la bandera con la que quieras definirte.

¿Reconocerte, por ejemplo, como lesbiana y que te reconozcan como tal, está mal? No. Reducirte a eso, sí.

Por eso no lo hagas contigo mismo, no te minimices descargando en palabras sueltas el universo tan amplio que eres; pero tampoco te niegues la posibilidad de serlo… que reconciliándote con eso es que empieza lo bueno: la libertad de ser tú mismo.

Atentamente,

Ana Listas.

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