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POSITIVISMO TÓXICO: EXPECTATIVA VS. REALIDAD

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Gracias a Pinterest se han puesto de moda palabras que antes no sabíamos que existían – como Serendipity o Meraki-, o que ni siquiera nos imaginábamos que en otros idiomas había un nombre para esas sensaciones que nosotros mismos ni podíamos explicar. 

“Zensoyne”, por ejemplo, es el nombre que se le da a sentir que el tiempo pasa cada vez más rápido; “Jouska” a las conversaciones hipotéticas que surgen en nuestra cabeza mientras planeamos algo que tenemos para decir (en ese campo soy experta). Y “Age-Otori” es una palabra japonesa que expresa la impresión que muchas tenemos de vernos raras después de cortarnos el pelo. 

Creo que lo mejor de encontrarlas es darnos cuenta que no somos los únicos a los que se les ha pasado por la cabeza ese tipo de cosas; y que al fin y al cabo, no son tan insignificantes si alguien se ha preocupado por darles un lugar en otros diccionarios. 

Eso, precisamente, fue lo que pensé cuando descubrí que había un término para el exceso de energía positiva, que en lugar de inspirar motivación, causa cierto tipo de frustración. Se llama “positivismo tóxico”, y algunos psicólogos lo definen como la exageración excesiva de los estados positivos y felices en todas las situaciones.

Darme cuenta que no era la única que a veces se abrumaba un poco por el “EPMP: exceso de pensamiento mágico-pendejo”, como le llama el autor mexicano Odin Dupeyron al positivismo tóxico, me hizo sentir como Bob Esponja en este GIF.

(Aunque pensándolo bien, Bob Esponja puede ser el ejemplo perfecto de un positivo-tóxico pero es que es como si yo fuera la esponja que había encontrado a un Patricio que la entendiera o como si yo fuera Patricio que había encontrado a la esponja que le seguía la cuerda)

Supongo que antes de que los psicólogos acuñaran este término más o menos en el 2019 todos sentían “exulansis”, otra de esas palabras intraducibles que significa: renunciar a hablar acerca de una experiencia porque sientes que los demás no la entienden. Pero sí, por supuesto que muchos la entienden y sobre todo la sienten.

Especialmente con el boom de los influenciadores, pues se cree que los “culpables” del positivismo tóxico son -o somos porque yo también lo soy-, los generadores de contenido, que en el afán de mostrar un lado amable de las cosas, a veces caemos en la trampa de actuar como si fuéramos porristas de la vida de los demás, nos ponemos en el papel de la incansable y enérgica Alegría (el personaje de Intensamente) ignorando que Tristeza, Ira, Miedo y Desagrado también pueden estar al mando de control, y traspasando así la delgada línea que hay entre la realidad y la fantasía.

Sin embargo, lo primero que debemos saber, es que el positivo-tóxico no tiene malas intenciones. Solo que como dice el refrán “a veces por hacer bonito, terminamos haciendo el feo” generando un falso optimismo, negando la posibilidad de sentirnos derrumbados y poniendo unas expectativas muy altas sobre nosotros mismos.

Como siempre, todo recae en el lenguaje que utilizamos. Es como cuando estamos llorando y alguien nos dice “no llores” (pero ya tenemos lágrimas hasta el cuello) y cuando por el contrario, alguien nos da un mensaje como: “llora, desahógate, saca lo que tienes dentro” que las lágrimas son necesarias para limpiar los ojos y ayudar a ver todo más claro.

No es que haya que ser un poeta ni mucho menos, tampoco que hay que tener las palabras correctas… basta con ponerse un poco más en los zapatos de los otros; y en especial, con saber que motivar es más que extender la mano para que el otro se levante cuando se cae, es acompañarlo y abrazarlo mientras siente que el mundo se le viene encima (porque a veces uno siente que el mundo se le viene encima y eso no es fallarle a la vida).

Ahora, no es que ser positivo necesariamente sea ser tóxico. Es que suena cliché pero de verdad que todo en exceso es malo. Y si algo aprendimos de Intensamente fue que todas las emociones son necesarias. Alegría no puede vivir al mando, hasta los juguetes vienen programados para el llanto porque hay dolores que merecen ser llorados, rabias que merecen ser gritadas, silencios que merecen ser guardados… y hay días en los que lo último que queremos es fingir un “buenos días” lleno de energía.

No podemos levantarnos siempre con el pie derecho porque corremos el riesgo de volver perezoso el pie izquierdo. Tampoco podemos romantizar lo no romantizable. Ya basta de creer que el coronavirus es algo positivo. Dicen que la ignorancia es atrevida, pues ahora creo que el exceso de positivismo también. A los sentimientos hay que respetarlos y hay que dejarlos ser.

La vida real es como un meme de Expectativa vs. Realidad. Entenderlo “primero duele, luego da rabia… y ya después da risa”. Y aunque el orden de los factores no altera el producto, por favor, no nos saltemos ninguna emoción de la lista.

Atentamente,

Ana Listas.

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