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Nos encontramos nuevamente como cada mes, esta vez para conversar de un tema bastante polémico: la infidelidad.

La gran mayoría de nosotras experimentamos o presenciamos la infidelidad; ya sea que nos fueron infieles o que lo fuimos. Estamos muy acostumbradas a relacionar este concepto con los vínculos basados en el concepto de monogamia más bien tradicional, entonces ¿podemos pensar que la infidelidad se da solo en este tipo de relaciones? Lamento decirles que no, amigas.

Les dejo un breve resumen de una historia que llegó hace unos meses a la comunidad:

“…Con mi novio tenemos una relación abierta, acordamos que podemos tener sexo con otras personas pero sin involucrar sentimientos ni mantener conversaciones con los otros  (solo para organizar el encuentro). Pero él me está engañando, descubrí que habla por WhatsApp con una chica y le dice que la extraña. Me partió el corazón leer eso porque entonces no es solo sexo…”

Podemos ver que cada relación que construimos tiene sus propias bases donde se establecen acuerdos en base a valores compartidos. Esos valores pueden ser diversos y no hay un manual o mandato a seguir (o por lo menos no debería). Estamos en un momento de la humanidad donde podemos elegir vivir de acuerdo a los valores que elijamos. Ahora bien, estaría buenísimo vincularnos con quienes tengan los mismos valores que nosotras y que acordemos respetar eso mutuamente. Para lograr eso es muy importante la comunicación, establecer las bases de ese vínculo y no dar nada por sentado.

Sean los valores que sean, y sea el tipo de relación que sea (cerrada, abierta, poliamorosa, etc) siempre hay acuerdos (implícitos o explícitos) que los integrantes esperan cumplir, y cuando una de las partes no los cumple… duele.

Así tengas una relación cerrada o abierta, todos tenemos nuestros límites y es sano respetarlos. Cuando tu pareja o tu vínculo traspasa esos límites nos hace sentir raras, y cuando nos miente para que no nos enteremos, nos hace sentir peor.

Hace poco hablé en mis redes de este tema y varias coincidían en que el dolor de la desilusión era lo peor de una infidelidad. Más allá del hecho, lo que más nos duele es la mentira, y por ende, la pérdida de confianza en nuestra pareja.

Creo que la palabra que describe este hecho es “traición”, porque más allá del acuerdo que tengas, que se traicionen esos valores supuestamente compartidos genera desilusión, angustia, enojo, impotencia e inseguridad.

Muchas me dijeron también que les había lastimado su autoestima. Sobre este tema quiero hablarles, amigas. Si bien hay mucho para debatir, les dejo algunas preguntas que, como ya saben, me encanta hacerme y se las comparto:

  • ¿Mi autoestima baja porque alguien no me elige de forma exclusiva?

  • ¿Yo siento que “valgo menos” porque el otro no cumple con el acuerdo que tenemos?

  • ¿Me duele que no sea la persona que yo creía que era, o me duele creer que no soy  “suficiente” para el otro?

  • ¿La percepción que tengo de mí misma se derrumba porque la persona que yo quiero tiene intimidad con otra?

  • ¿Necesito que el otro me apruebe y me respete para quererme a mí misma?

  • ¿Lo que siento por mí, está directamente vinculado con el accionar de los demás?

Creo que si entendemos la infidelidad como la traición al acuerdo dentro de un vínculo (el que sea), ¡es lógico que nos duela! Pero me parece sano hacer una diferenciación de lo que “valemos” como personas, más allá de lo que nuestra pareja decida hacer.

Nuestra autoestima, entendiéndola como la apreciación que tenemos por nosotras mismas, nunca puede estar supeditada a la práctica sexual de otro, a cualquier accionar de otro y hasta incluso cualquier dicho o sentimiento. Es sano para nosotras entender que lo que hacen los demás no tiene que ver directamente con lo que merecemos o “valemos”, ya que hay múltiples factores que llevan al otro a comportarse de cierta manera y no tenemos control sobre eso.

El trabajo de reforzar nuestra autoestima es simplemente nuestro. No debemos permitir que se derrumbe por alguien ajeno, aunque hiera nuestros sentimientos. Tener en claro esta diferencia puede ayudarnos a llevar el dolor de un modo más sano.

El otro tendrá sus motivos o sus valores para traicionar el acuerdo, lejos de juzgarlo ni envolvernos en rencor, entender que el otro es un otro y más allá de lo que duela esa desilusión… No me define.

Las abrazo con el alma.

Fiamma.

Leía las palabras de Fiamma y pensaba: ¡cuánto nos hubiese facilitado la vida que nos enseñaran a amar!, ¿no? Consumimos este amor enlatado con novelas de la tarde y las fantasías de Disney donde todo parece tan perfecto que cualquiera de nosotras soñaría con despertar en los brazos de su príncipe azul y felices por siempre.

Ah, la vida misma…el príncipe azul destiñe, chicas. Y el “felices por siempre” resultó ser inventado cuando en el pasado la vida duraba unos 30 años, te casabas a los 15 y claro, el “resto de tu vida” eran como mucho, 15 años más. Hoy mantenemos relaciones de mucho tiempo, realmente largas, nos ponemos en pareja a los 30 años y se espera que durante toda la vida (recordemos que la esperanza de vida actual promedia los 90 años), mantengamos el mismo nivel de empatía, afecto, emociones y atracción sexual hacia una misma persona durante…¡60 años!

Hoy nos encontramos con relaciones diferentes, modelos cambiantes, mujeres empoderadas llevando la bandera de la libertad en alto. Pero, ¿cuánto hablamos de fidelidad y compromiso en las relaciones?

Voy a ser clara con dos cuestiones. Una es la que mencionaba Fiamma, en relación a que una desilusión no me define. Ni como mujer, ni como pareja, ni como persona. Una desilusión es eso, un proceso de desengaño, de tristeza y de quiebre. Me hace repensar, me resignifica y me posiciona en un lugar diferente. Pero no soy más ni menos que otra mujer por sentirme así. Simplemente, atravieso una desilusión y con el corazón roto saldré a rehacer lo que queda de mí y a repensar qué falló en este vínculo para amarme hacia una próxima relación saludable, cuando sea el momento y esté lista.

Pero la otra, es que muchas veces hay que resignificar algunas cuestiones. No importa si eres quien fue infiel o lo fue tu pareja. Las crisis, dicen, son oportunidades. Sí, sé que duele, sé que molesta, sé que no es lo que esperabas. Hemos aprendido como pudimos a desandar el camino del amor, del desengaño, de la sorpresa por aquello que no pudo ser. Y lo cierto es que el duelo, simplemente, duele. Duele por nosotras, duele por aquello que quedó trunco, duele porque no es lo que queríamos. Y de nuevo, en una infidelidad nadie gana. Créeme: nadie.

¿Por qué ocurre la infidelidad? Hay al menos, tres factores que me hacen pensar que reducir esta respuesta a: “porque busca afuera lo que no tiene adentro”, no sólo es sesgado y limitante, sino que además no es del todo cierto.

Primero que todo, a veces quien es infiel busca afuera una nueva versión de sí. Yo lo pienso como el F5 de la computadora: un refresh. Me dirás: “bueno, que busque un refresh conmigo!”, sí, pero no podemos darle todo lo que la otra persona necesite. No todo lo tenemos. Quizás esa persona necesite revivir esta sensación de sentirse deseado/a, buscado/a. Que a alguien le interesa lo que tiene para decir, su historia, sus palabras o simplemente, su sex appeal. ¡Es simplemente imposible que podamos darle todo a otro!

Y la otra cuestión que juega en contra es el cerebro. ¿Escuchaste hablar de la dopamina? Es una hormona relacionada con el placer, el bienestar y la autoestima. Cuando una persona entra en una situación de seducción con otra, de cortejo o de conquista, se liberan grandes cantidades de dopamina en la sangre. Cuando esa persona ya fue conquistada, la dopamina disminuye, pero el cerebro sigue buscando ese efecto una y otra vez. Lógicamente no va a encontrarlo con quien ya está, o al menos, no lo encontrará en la cantidad que desea, de ahí a un coqueteo por redes…estamos a un paso. ¿Es todo culpa del cerebro adicto a la dopamina? no, claro que no. Pero influye en el control de los impulsos, que hacen que a veces la persona no tenga del todo claro qué es lo correcto o lo adecuado. Sobre todo cuando, (y acá viene la tercera variable), la comunicación en la pareja no es del todo fluida.

Y esta es la clave, la comunicación, porque en definitiva una infidelidad tiene que ver con romper o dinamitar un pacto de confianza que hay en un vínculo.

Piensa tu relación de pareja como una mesa con cuatro patas: confianza, compromiso, amor e intimidad. Si alguna de estas patas no está del todo firme, toda la mesa, completa, va a moverse y a peligrar lo que quieras construir. Cuando la confianza es rota, y la pata de la mesa queda un poco corta, toda la mesa se siente diferente. Si no comunicamos lo que sentimos, si no decimos exactamente lo que necesitamos en un vínculo, si no estoy de acuerdo con algo pero no lo manifiesto, dejo a la otra persona sin la posibilidad de modificar conductas o acciones que me lastimen o me toquen sin querer.

Luego, ponle el nombre que quieras y con el que te sientas más identificada: poliamor, amor libre, monogamia, poligamia, relación abierta, swinger o trieja, todo vale si está hablado y nada es tomado como una decisión para hacer feliz solo al otro o evitar una infidelidad, sino como un verdadero gesto de apertura mental y de comunicación de lo que ambas partes de un vínculo si lo necesitan en determinado momento de la relación.

Lic. Mariana Kersz

Psicóloga y Sexóloga

@lic.marianakersz

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